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domingo, 21 de abril de 2019

La escritura creativa como camino de superación


(Imagen tomada de Internet)

Por Eugenio Pacelli Torres Valderrama

Quien alguna vez se haya detenido a contemplar un jardín abandonado, seguramente habrá sido presa de un sentimiento de profunda melancolía.

Las plantas ornamentales marchitándose y la maleza tomando su lugar hasta asfixiar la última, es algo que no solamente ocurre en la naturaleza. En muchas otras situaciones se vive el mismo fenómeno.

Cuando se leen comentarios sobre cualquier tema en Internet, por ejemplo, no queda más que sentir pesar ante el carácter malsano y destructor de algunos de ellos, agravado por la pésima redacción y los "horrores" de ortografía.

Si tal es la única forma de expresión que conocen nuestras juventudes, ¿qué puede esperarse de la sociedad?

Para desarrollarnos a nivel de sociedad, lo primero que debemos hacer es mejorarnos a nosotros mismos.

El secreto, como en el caso de querer regenerar un jardín, no depende tanto de un proceso de adición sino de uno de sustracción. De deshacernos de la "maleza", de aquellos hábitos que, en lugar de ayudar, nos perjudican. La belleza del jardín está contenida en sí misma, es cuestión de permitirle resurgir.

En el caso de la vida diaria, existen muchas actitudes saludables que se pueden implementar. Pero si alguien me preguntara por el punto específico de partida, respondería que lo prioritario es el bienestar mental.

El jardín se regenera por sí mismo si se le facilitan las condiciones necesarias. Lo mismo sucede con nuestro carácter, la mente es plástica, podemos darle la forma que queramos. El equivalente del agua y el abono es rodearnos de situaciones que nos inspiren a la vez que nos fortalezcan. En varias ocasiones he aconsejado la escritura creativa como camino de superación.

Cuando pensamos de forma creativa, ejercitamos funciones cerebrales fundamentales como la atención y la asociación de ideas. Sin embargo, el sólo hecho de pensar no es suficiente. Las buenas ideas pugnan por manifestarse, porque se les brinde la oportunidad de concretizarse. En este sentido, la escritura creativa resulta ser de gran sencillez. No se requiere equipo especializado ni incontables ejercicios de entrenamiento. Papel, lápiz y algo de tiempo es lo único que se necesita. Por supuesto, ayuda tener ciertas directrices, pero en esencia se trata de dar rienda suelta a la imaginación y plasmarla en forma de palabras.

Una vez que hayamos embellecido nuestro mundo interior, aspirando a nobles ideales, el ambiente exterior comenzará a cambiar. La excelencia será la norma y no la excepción.

A nivel de sociedad, el gran riesgo que enfrentamos es el de convertirnos en consumidores pasivos. Si todo nos llega hecho, aquellos que generan las ideas tendrán poder sobre nosotros. Para validarnos, como seres humanos, debemos tener la capacidad de expresar nuestro pensamiento de forma coherente. Es esta, quizá, la mayor virtud de la escritura creativa, nos ayuda a organizar las ideas y a saberlas comunicar.

Otro de los problemas que nos carcome, como la maleza al jardín, es el individualismo, fruto del egoísmo y la envidia que lamentablemente han llegado a tomarse como norma social.

Escribir nos ayuda en este punto. Crear clubes de lectura y escritura que faciliten el intercambio de ideas y la crítica constructiva, no requiere más que empeño. No se trata de aniquilarnos entre nosotros sino de unir nuestras fortalezas para el bien común. Mientras estamos envueltos en pequeños altercados, en otros países nos están tomando la delantera.

Es increíble la ventaja que nos llevan. Los clubes allí no se limitan a una docena de miembros. Con los beneficios de la Internet, miles de personas toman ventaja de ellos. Autores de renombre participan también compartiendo sus experiencias y consejos.

Personalmente frecuento el círculo de los autores independientes y he aprendido mucho de mis instructores en línea, en especial en cuanto a los límites que nosotros mismos nos imponemos. Mi objetivo era llegar a escribir siete libros en lo que me resta de vida. Joanna Penn (thecreativepenn.com), una de mis mentoras, ha escrito 22; otro, Michael La Ronn (michaellaronn.com), 40; y uno de mis favoritos Jerry Jenkins (jerryjenkins.com), nada menos que 195, y trabaja en el 196.

Todos ellos son personas abiertas y optimistas que, además de sus secretos, comparten su visión de la vida.

Optimismo y generosidad son justamente los ingredientes que necesitamos para regenerar nuestro jardín interior y mejorar la sociedad.

A quienes estén interesados en dar los primeros pasos, o profundizar en el proceso creativo, los invito a la serie de talleres que estaré desarrollando en Málaga en el mes de junio. Los detalles están disponibles en el siguiente enlace:

https://drive.wps.com/docs/1SwDeOD98 


Libre de virus. www.avast.com

viernes, 29 de marzo de 2019

“La disfunción del sistema educativo”


Por Eugenio Pacelli Torres Valderrama*

Corresponsal del Chicamocha News en Europa.

Todo en la vida tiene un propósito y de acuerdo al objetivo que se persiga deben implementarse las estrategias requeridas. Si lo que queremos, por ejemplo, es clavar una puntilla, de nada nos servirá buscar un serrucho.

La pregunta que debemos formularnos como educadores, padres de familia o simples ciudadanos es: ¿Cuál es el propósito de la educación? Para lograr algo de claridad al respecto, debemos remontarnos en el tiempo y el espacio, hasta Austria en el siglo XVIII.

Cada vez que la familia imperial se trasladaba a su palacio de verano, en las afueras de Viena, era costumbre hacer una mudanza total, tal y como lo hacemos hoy en día cuando cambiamos de residencia. El problema que se presentaba era que invariablemente en el proceso se extraviaban objetos pequeños, cucharas de plata, por ejemplo.

A raíz de ello, la emperatriz María Teresa (1717-1780) decidió implementar un sistema correctivo y ordenó que se hiciera un listado de todos y cada uno de los elementos que salían de la residencia oficial y se registrara su llegada al palacio de verano y posteriormente su buen retorno.

Pero, entonces, una nueva inquietud asaltó la mente de María Teresa, no solamente se trataba del extravío de cubiertos. Si el imperio no cuantificaba los bienes en su posesión sería muy difícil mantener el control sobre su propia riqueza. Fue por ello que se propuso realizar un inventario de todo cuanto perteneciera al imperio. El problema era que en esa época era muy poca la gente que sabía leer y escribir. El plan requería gran número de empleados con habilidades contables y para tal fin se hizo necesario educar a las masas.

Así surgió el sistema educativo que tenemos actualmente. Fue diseñado para fiscalizar las posesiones del imperio y mostró también su beneficio en la dirección de las fábricas recién creadas tras la revolución industrial, en las operaciones mercantiles, en las campañas militares y, en fin, en la consolidación del poder político. Con esto en mente, las cualidades que se inculcaban con más énfasis en los educandos eran la obediencia y la disciplina.

La estrategia pronto se popularizó en toda Europa y hoy en día se le conoce erróneamente como sistema prusiano, debido al enorme éxito alcanzado en el ya desaparecido imperio de Prusia. Con la colonización se llevó a todos los rincones del mundo donde cumplió un importante papel en la era industrial y el crecimiento económico.

El modelo educativo tradicional con el profesor ante el tablero hablando a 20 o 30 estudiantes sentados en pupitres ordenados hasta que suena la campana y cambia el maestro y la asignatura, funciona a la perfección, debido a su simplicidad, es un sistema lineal y estructurado, tal y como era la sociedad en el siglo XIX y principios del XX.

Pero el panorama mundial habría de sufrir cambios importantes. La segunda revolución científica de Einstein y Planck, las guerras mundiales, la caída de los imperios, la era de las comunicaciones y la globalización.

La humanidad sufrió una importante trasformación, mientras que el sistema educativo continúa en su estancamiento, exigiendo obediencia y disciplina y sin otro propósito aparente que la formación de consumidores.

En el siglo XXI las nuevas exigencias de la educación son: la creatividad, el pensamiento crítico, la flexibilidad y, sobretodo, el trabajo en equipo. No se trata ya de transmitir conocimientos, el saber ha dejado de estar en los profesores, ni siquiera se encuentra en los libros, lo tenemos al alcance de todos con un simple click, o incluso en los bolsillos de los estudiantes, en sus teléfonos inteligentes. Esta es una situación de la cual no se ha tomado ventaja, el tema de un mes puede asimilarse en cuestión de minutos con un vídeo bien producido. El tiempo así ganado debería emplearse en el desarrollo de cualidades más acordes con el devenir de los tiempos.

Tristemente, frente a la educación estamos en la misma posición de alguien que se empeñara en usar un computador de la misma forma que una máquina de escribir, desconociendo todas las demás funciones que contribuirían a hacer el trabajo de forma más eficiente.

La sociedad avanza a un ritmo que hace cada vez más infructuoso el esfuerzo individual, lo que prima es el trabajo colaborativo el cual se entorpece con la cuantificación de las calificaciones. Desde el primer año en la escuela llevamos un rótulo en la frente: Bueno, Regular o Malo. Es algo que nos marca de por vida.

Nadie cuestiona: ¿Bueno para qué? o ¿malo para qué? Es cierto que todos tenemos aptitudes diferentes, pero también lo es el hecho de que con la debida motivación todo puede lograrse.

El estudiante inquieto, mal clasificado como indisciplinado, si logra sobrevivir sin traumas al sistema, será aquel que abrace ideas nuevas, que tome riesgos evaluados, que aprenda de sus errores, y esas son las cualidades más importantes que se necesitan hoy en día.

Como docente, me duele la pasividad de algunos colegas. Enseñamos de la misma forma que aprendimos, eso es lo que mantiene vivo al ya obsoleto modelo educativo. El cambio es un proceso a largo plazo, pero pequeños pasos pueden implementarse a nivel local, en cada una de las clases.

En un colegio enfocado en ser modelo de creatividad, serían los estudiantes mismos quienes cocinaran su propio almuerzo. Se dividirían por grupos, rotándose las tareas de hacer las compras, diseñar el menú, cocinar de forma colaborativa, servir y lavar los platos. Aparte de ser educación para la vida, aprenderían sobre optimización de recursos y se fortalecería el sentido de familia, evitando así el recurrente problema del matoneo. En una verdadera comunidad, el más fuerte defiende al débil y no lo usa como un objeto para mostrar su superioridad.

Esto debería extenderse también a nivel docente. Las victimas del matoneo dejan de serlo cuando se les brinda la oportunidad de explorar sus propios talentos y esa debería ser, precisamente, la prioridad de la educación. Si la chica callada de la que todos se burlan es buena escribiendo poesía, como maestros no debería darnos pena decirles a los estudiantes: Hoy en clase de matemáticas no vamos a practicar logaritmos sino en conjunto seleccionaremos las diez mejores poesías que pueda el grupo escribir, y en él, por supuesto, se contaría también el maestro, de nada sirve enseñar sin el ejemplo.

Si nos tildan de locos, mucho mejor, eso significaría que somos profesores del siglo XXI.

*Doctor en ingeniería (Hokkaido University, Japón), conferencista, autor de los libros "Historias de los tiempos por venir" y "Recuentos desde la otra orilla", ganador del Concurso Nacional de Cuento RCN-Ministerio de Educación. Desde 2011 radicado en Viena, Austria. 

lunes, 4 de febrero de 2019

La esperanza fallida de un nuevo emperador


Rodolfo de Habsburgo, príncipe heredero al trono del imperio austro-húngaro  

Por Eugenio Pacelli Torres Valderrama*

Corresponsal del Chicamocha News en Europa

Rodolfo de Habsburgo, príncipe heredero al trono del imperio austro-húngaro, vino al mundo el 21 de agosto de 1858. El nacimiento, anunciado con 101 disparos de cañón, fue motivo de gran alegría, pues su madre, la emperatriz Isabel de Baviera, previamente había dado a luz dos niñas y la sucesión al trono era exclusivamente por línea masculina. El poder había estado en manos de la familia de los Habsburgo por más de seis siglos.

Siendo un recién nacido, su padre, el emperador Francisco José I, lo condecoró con la Orden del Toisón de Oro, una de las ordenes de caballería más antiguas y prestigiosas de Europa.

Las riendas de la formación del nuevo heredero las tomó su abuela paterna, la archiduquesa Sofía de Baviera, designando al mayor general Leopoldo Grondecourt, un endurecido militar, como tutor principal. De él se cuenta, por ejemplo, que mientras el príncipe dormía disparaba su arma en el cuarto para despertarlo y que en cierta ocasión lo encerró solo en el jardín zoológico mientras gritaba desde afuera que había un oso suelto.

La instrucción, que comenzó a la edad de cuatro años, se le impartía en cuatro idiomas: alemán, francés, húngaro y checo. Latín y polaco se agregarían posteriormente. Desde las siete de la mañana hasta las ocho de la noche se le sometía a un sofisticado programa que incluía además equitación, natación y ejercicios militares.

Aunque posteriormente, por insistencia de la emperatriz, se le asignó otro tutor, el daño ya estaba hecho, Rodolfo creció siendo un niño tímido y nervioso a quien su padre nunca llegó a considerar un digno sucesor.

Durante las expediciones de caza, que se iniciaron tras su cumpleaños número 14, el joven mostró gran interés por su entorno, lo atraían especialmente las aves y entre ellas las rapaces. Esto lo llevó a manifestar ante su padre el deseo de entrar en la universidad de Viena y estudiar una carrera relacionada con las ciencias naturales. El emperador, sin embargo, se opuso con vehemencia, pues su plan era verlo convertido en un oficial del ejército.

Así, al cumplir los 20 años fue enviado a Praga para que siguiera la carrera militar.

Rodolfo, alto, elegante y de buenos modales, pronto se vio rodeado de bellas admiradoras y terminó dando rienda suelta a sus pasiones juveniles. Cada una de sus conquistas era cuidadosamente registrada en una libreta y a cada una de ellas regalaba una cigarrera plateada, señal inequívoca de que su portadora había pasado por lo menos una noche en brazos del futuro emperador.

Fue en esta época que conoció a Mizzi Kaspar, quien llegaría a ser su amiga y confidente hasta el fin de sus días. Lamentablemente, para el buen nombre de la corte, Mizzi figuraba en las listas policiales como una mujer de "dudosa reputación", es decir, una prostituta.

Cundo Rodolfo cumplió los 22 años, su padre consideró que era tiempo de que sentara cabeza y produjera la nueva generación de herederos al trono. El emperador en persona, pensando más en el porvenir del imperio que en su hijo, fue el encargado de seleccionar entre las princesas católicas disponibles, entre ellas había varias procedentes de la corte Wittelsbach de Baviera, un par de infantas españolas y la hija del rey Leopoldo II de Bélgica. Fue esta última, la princesa Estefanía, de tan sólo 17 años, la "feliz" afortunada.

Rodolfo viajó a Bruselas a conocerla, aunque su visita fue empañada por el interés que mostró este por la hermana mayor, quien estaba ya casada, y por el escándalo generado cuando se supo que Mizzi secretamente lo había acompañado.

La boda tuvo lugar, a pesar de todo, y la pareja se radicó posteriormente en Praga, donde el príncipe fue nombrado Comandante de Brigada de Infantería.

En 1883 nació su única hija, Isabel María de Austria.

Para entonces, sin embargo, Rodolfo había vuelto a sus días de juerga y amoríos y el matrimonio no fue feliz. El emperador tuvo que intervenir para exigirle "responsabilidad moral".

El futuro heredero al trono, por su parte, había desarrollado una aversión por la corte y criticaba la forma como su padre gobernaba el imperio escribiendo artículos anónimos en un diario de amplia circulación. Además, frecuentaba grupos en que se reunían intelectuales contrarios al régimen. Tal situación inquietó a las autoridades imperiales y por tal motivo se ordenó a la policía secreta seguirle los pasos. Los informes eran enviados al despacho del emperador.

A finales de enero de 1889 un fuerte altercado tuvo lugar, a puerta cerrada, entre Rodolfo y su padre. Los pormenores de la disputa nunca se supieron, aunque se afirma que fue algo que había dejado a los dos muy alterados.

Días más tarde se supo con horror la noticia de que el príncipe, estando en su cabaña de caza en Mayerling, a 42 kilómetros de Viena, había muerto.

El primer boletín oficial anunciaba que el heredero al trono había sufrido un ataque cardíaco. Pero pocos lo creyeron. En cambio, el hermetismo de la corte produjo toda clase de rumores y conjeturas que no tardaron en esparcirse por todos los rincones del imperio. Se decía, por ejemplo, que Rodolfo había muerto en un absurdo accidente de caza o que había sido asesinado por un campesino que lo había encontrado con su esposa.

La corte, reacia al principio a aceptar la idea de un suicidio, tuvo finalmente que admitir que el príncipe había tomado su propia vida.

Los diarios extranjeros, sin embargo, presentaron una versión más acorde con los hechos. Se había tratado de un suicidio doble y premeditado entre él y la última se sus amantes, la baronesa María de Vetsera, de tan solo 17 años, quien, además, estaba embarazada.

El emperador se apresuró a ordenar la confiscación de todos los documentos relacionados con el incidente y puso a las personas involucradas bajo vigilancia policial. La madre de la desdichada, la también baronesa Vetsera, fue desterrada a Venecia por decreto imperial.

El Vaticano se negó inicialmente a permitir el entierro católico, pues era costumbre que tal derecho se le negara a los suicidas. Cinco doctores testificaron que el príncipe heredero estaba en un estado de confusión mental y el papa León XIII aceptó finalmente que se le diera sepultura con todos los honores en la cripta familiar.

La versión de que se había tratado de un crimen de Estado afloró más tarde y fue ratificada en 1983 por Zita de Borbón-Parma, quien formara parte de la casa imperial. Los libros de historia, no obstante, continúan afirmando que se trató de un suicidio.

Ante la ausencia de Rodolfo, el hermano menor del emperador pasó a ser el nuevo heredero, y tras la muerte de este en 1896, la responsabilidad cayó en su hijo Francisco Fernando, quien sería posteriormente asesinado en Sarajevo. Este hecho desencadenó la serie de acontecimientos que daría origen a la primera guerra mundial. Pasado el conflicto, en 1918, el imperio finalmente se disolvió.

*Doctor en ingeniería (Hokkaido University, Japón), autor de los libros "Historias de los tiempos por venir" y "Recuentos desde la otra orilla", ganador del Concurso Nacional de Cuento RCN-Ministerio de Educación. Desde 2011 radicado en Viena, Austria.

viernes, 1 de febrero de 2019

Eugenio Pacelli Torres Valderrama - Columnista del Periódico Chicamochanews

Eugenio Pacelli Torres Valderrama nació en Málaga (Santander), donde cursó estudios de primaria y secundaria. Ingeniero y Especialista. Estudió en Japón, donde obtuvo el título de Doctor en Ingeniería, en la Universidad de Hokkaido. Docente de la Universidad Industrial de Santander, sede Málaga y radicado en Viena, Austria desde 2011. Ganador del Concurso Nacional de Cuento RCN -Ministerio de Educación. Ha figurado en publicaciones de Antología en España y Austria. Autor de los libros "Historias de los tiempos por venir" y "Recuentos desde la otra orilla".